Máster de Cultura Científica EHU/UPNA 2023/2024 Los discursos de la ciencia en la esfera pública en el s. XXI. Tarea 5

La tarea consiste en reflexionar sobre alguna teoría de la conspiración vinculada a salud, ciencia o medio ambiente que renazca en diferentes contextos, hechos y situaciones.

 

Vacunación contra la covid a población vulnerable en 2021. Wikicommons


La última gran crisis que ha vivido el planeta, en este caso en forma de pandemia por el nuevo virus SARS-CoV-2, ha sido el caldo de cultivo ideal para que tanto los bulos de todo tipo y pelaje como las teorías de la conspiración nazcan o renazcan con toda su fuerza. En este caso y para realizar la tarea he elegido la teoría de la conspiración que apunta a que las vacunas de la covid-19 (desarrolladas a contrarreloj para evitar una mortandad todavía mayor de personas en todo el mundo) se han utilizado para inocular “microchips” que sirvan en un futuro control mental masivo de la población. 

Origen 

Como en algunas de las teoría conspiranoicas más famosas, esta tiene una parte “de verdad” en su origen. Según establecen varios medios estadounidenses, el origen de la teoría tiene hasta fecha. El pasado 18 de marzo de 2020, en los primeros compases de la pandemia y de las medidas de contención para evitar contagios, el multimillonario cofundador de Microsoft y filántropo Bill Gates participó en el foro Reddit en una ronda de “pregúntame lo que quieras”. A una de las cuestiones sobre cómo iba a impactar la expansión del virus en la economía, Gates respondía que seguramente, con el tiempo habría algún tipo de “certificado digital para demostrar quién se había recuperado o se había vacunado” de la enfermedad, tal como después se desarrolló. Sin embargo, esta respuesta fue utilizada como base para difundir la idea de los microchips que prendió rápidamente gracias a la animadversión que genera la figura de Gates (protagonista de otras teorías de la conspiración) y a la base misma de cómo funciona el pensamiento conspiranoico.

Según un trabajo publicado en The Conversation (Cook, J., Van der Linden, Sl, Lewandowsky, S., Ecker, U., Coronavirus, ‘Plandemic’ and the seven traits of conspiratorial thinking. The Conversation) toda teoría conspiranoica tiene al menos siete rasgos en común. La sospecha siempre predomina, siempre hay intenciones oscuras en los conspiradores, los teóricos piensan que son víctimas de una persecución organizada y son inmunes a la evidencia. Además, reinterpretan la aleatoriedad (uniendo los puntos) y siempre creen que algo “debe ir mal”. En este caso, todos los rasgos de una buena teoría de la conspiración se unen en esta reinterpretación de la realidad en torno a las vacunas.

En este caso creo que la teoría aunque novedosa en las formas, no es nueva en el fondo y, por lo tanto, es una readaptación ad hoc para la pandemia. La idea de que las élites intentan “controlar” mentalmente a los ciudadanos con intenciones malignas lleva en la sociedad varias décadas. Esta sería pues una teoría de la conspiración “readaptada” a los tiempos de la vacunación masiva como en su día se pudo pensar en las ondas electromagnéticas como supuesto vehículo para culminar esta dominación: y de ahí la necesidad de usar gorros de papel de plata.

El por qué estas teorías surgen y resurgen podría explicarse en dos ideas. Primera, el miedo atávico que el ser humano ha tenido a los avances y la necesidad de retomar el control en una situación que se escapa. El creer en estas teorías sería una forma de calmar nuestra ansiedad ante lo desconocido e imprevisible del futuro y ante nuestra incapacidad de controlar aspectos externos. Así lo explica la sismóloga Lucy Jones en una entrevista concedida a la Agencia Sinc. Según la experta, las teorías de la conspiración “se vuelven mucho más comunes después de un desastre” porque “te hacen sentir más seguro porque crees que tienes información especial que otras personas no poseen. (…) ante un desastre queremos encontrar una forma de estar seguros”.

Consecuencias

El problema con esta reinterpretación de la teoría conspiranoica del “control mental masivo” radica en el daño que ha generado en un evento de protección de la salud como es la vacunación. España ha sido y sigue siendo un país con unas tasas muy altas de confianza en la vacunación y así se ve todos los años en los porcentajes de cobertura vacunales (sobre todo de niños). Sin embargo, la diseminación de bulos relacionados con estos medicamentos hace un daño directo, aunque en este caso las “señaladas” sean solo las vacunas de la covid-19. El apuntar como un instrumento maligno a las vacunas, genera un miedo infundado en la población crédula que va a evitar vacunarse o vacunar a sus seres queridos por un miedo “a lo desconocido”, con los problemas que desencadena: bajada de los porcentajes, brotes de enfermedades controladas hasta ahora y, lo peor, niños que enferman e incluso mueren por no haber sido protegidos en tiempo y forma.

El daño directo a la vacunación, sobre todo infantil, ya se pudo ver con el estudio publicado hace 26 años por Andrew Wakefield relacionando de forma interesada vacunación y casos de trastorno del espectro autista (TEA) y también se está viendo ahora con esta teoría conspiranoica del chip.

Ha vuelto a haber un retroceso en los porcentajes de vacunación en todo el mundo debido a la desconfianza que ha surgido en torno a las vacunaciones: aunque alguien no se crea completamente la teoría del microchip, el haber estado en contacto con ella es suficiente para que a veces en las personas ya de por sí con dudas, genere un rechazo “por si acaso”. En este caso, la rapidez en el desarrollo del medicamento y el que sea una medicación preventiva (si te inmunizas, tu enfermedad no será grave, pero nunca sabrás qué hubiera podido pasar sin haberte inmunizado) han jugado en contra, algo que se puede rastrear en la historia de la ciencia con muchos de los avances conseguidos por el hombre.

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