Máster de Cultura Científica EHU/UPNA 2023/2024 Ciencia y Artes. Tarea 4.1. Relación emociones y arte.
No es una tarea fácil la que nos propones, Margarita, para cerrar el tema 4. Ni más ni menos que “desnudarnos” interiormente e intentar explicar, con palabras, qué siente nuestro cuerpo, qué mecanismos y conexiones se activan en nuestro cerebro para que una pieza de arte “toque” nuestra alma. Lo voy a intentar.
Desconfío de las personas que no sienten con el arte. Como las que no son compasivos con los animales. No pretendo que a todo el mundo le atraviese la misma emoción que a mí ante determinada pintura, escultura o pieza musical porque el bagaje sentimental de cada uno determina muy en particular cuándo y cuánto te conmueves, pero un mínimo de emoción entiendo que debe haber. Y digo un mínimo porque me incluyo en ese numeroso grupo de personas que llora irrefrenablemente ante el virtuosismo de un intérprete o de un músico en directo, me afloran las lágrimas ante pinturas que logran tocarme el alma y todo mi cuerpo se encoge y tirita en la visita a un conjunto arquitectónico bello.
Con estos antecedentes, afronté mi primer viaje a la bella Florencia con miedo a ser una de las personas que sufriera taquicardias o desmayos al contemplar por primera vez ese cúmulo de belleza en la Santa Croce como describe el autor francés Stendhal en su libro Roma, Nápoles y Florencia. Según el autor, dentro de la basílica y ante la suma de tantas grandes obras (arquitectónicas y también escultóricas) comenzó a experimentar sensaciones de agotamiento, mareo y taquicardias, hasta el punto de tener que salir del edificio. «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme», relata en el libro.
Esta era la primera vez que alguien ponía negro sobre blanco la indescriptible sensación de conectar con una obra de arte, de que las señales visuales o auditivas que recibimos merezcan que nuestra amígdala genere una reacción física y emocional: piel de gallina, llanto, sudoración, presión en el pecho, alegría o tristeza extrema… hasta tal extremo que son imposibles de controlar y suponen, de hecho un problema médico. La belleza del arte, la capacidad de tocarnos el corazón y conectar con nuestro yo más profundo había dejado a Stendhal al borde de la casa de socorro.
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| Mi primera imagen de la belleza de Florencia. |
Stendhal fue el primero en describir esas sensaciones desorbitadas ante la belleza en 1817 pero no fue hasta más de un siglo y medio después cuando se describió oficialmente la enfermedad psicosomática que sufren algunas personas cuando están ante obras de arte extremadamente bellas. Fue en 1979 cuando la psiquiatra italiana Graziella Magherini (1) describió más de cien casos similares de turistas que sintieron cosas parecidas a Stendhal cuando visitaban por primera vez Florencia. Se le ponía nombre a un cúmulo de reacciones físicas muy reales para algo que, en puridad, es inefable e intangible, subjetivo y variable según los ojos del que mira: la belleza. Desde entonces, se han completado miles de estudios ahondando en este síndrome desde la neurología, la psicología, la psiquiatría y el arte.
Con esto en mente aterricé por primera vez en Florencia (he vuelto en varias ocasiones) en septiembre de 2018. El viaje, compartido con unas amigas, nos llevaba a varias ciudades de la Toscana italiana pero la primera parada obligatoria con varios días de estancia era en la ciudad de los Medici. Recuerdo y recordaré toda mi vida nuestra llegada a pie al centro de la ciudad. Llegamos por tren y encarando la calle Cerretani, al fondo nos encontramos con uno de los primeros acúmulos de belleza que nos esperaban en la ciudad: el baptisterio de San Juan con la catedral de Santa María del Fiore al fondo. El impacto estaba ahí. La construcción, la fachada intercalando mármoles de colores, la disposición… pero no hubo desmayos ni palpitaciones. Quizá, como bien apuntas en la introducción del ejercicio, Stendhal había puesto tan altas las expectativas con Florencia que la falta de vahídos nada más aterrizar en la ciudad, se sintió como una pequeña frustración.
No llegó a haber desmayos pero no podría negar que los días en Florencia, me removieron, me conmovieron y me emocionaron. Reconozco que el interior de la Santa Croce impresiona, pero quizá más al saber que genios como Dante, Maquiavelo, Miguel Ángelo Galileo Galilei comparten descanso eterno. Pero tampoco hubo síndrome de Stendhal, que rocé, sin embargo con la contemplación de algunas de las obras pictóricas que están a buen recaudo en las Galería Uffizi, por lo que pasear era como ir pasando las hojas de los manuales de Historia del Arte que había estudiado años atrás. La Primavera de Botticeli, Leonadro da Vinci, Durero, Rafael Tiziano, Veronés, Caravaggio y su Medusa...
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| Cabeza de Medusa, de Caravaggio, en las Uffizi. |
Sin llegar a las taquicardias, mi cuerpo sí tiene una reacción física ante una obra de arte que me llega. Con la música en directo (y no hago distinciones, da igual un grupo pop al que venero que un solista tocando música clásica que nunca había oído) no puedo contener muchas veces las lágrimas, algo realmente embarazoso en público. Frente a las pinturas de la Uffizi, como me pasa frente a muchos trabajos, experimento una especie de alegría inmensa, algo interior que desborda, inconmensurable, más grande que uno mismo.
Pero volvamos a Florencia. ¿Por qué he elegido esta experiencia artística y no cualquier otra obra pictórica o escultórica de la que guardo un vívido recuerdo de esa sensación inconmensurable que me atrapa cada vez que la veo? Pues porque en ese mismo periplo por la bella Toscana y tras la, en principio, frustrante ausencia de palpitaciones florentinas, llegamos a Siena. Y ahí, ciertamente la ciudad me arrebató el corazón. Y donde antes había habido contemplación y admiración por la arquitectura renacentista, aquí hubo verdadero gozo y embeleso frente a los edificios góticos.
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| El palacio comunal de Siena en la impresionante piazza del Campo. |
Quizá es una opinión poco popular, el sentirse más sobrecogido con la contemplación de los ladrillos de un edificio civil como el Palacio Comunal de Siena que con el mármol que dibuja patrones de la Catedral de Santa María del Fiore, pero fue mi experiencia. Y no, como apuntan algunos estudios (2), no podemos achacar al cansancio, al estrés de viajar o a la cercanía del final del viaje el haberme sentido más o menos conmovida ante la belleza de la arquitectura de Siena. Todas las veces que he podido pisar esta ciudad, he sentido lo mismo. Y doy gracias por ello.
Victoria Salinas, marzo 2024
1. Magherini, Graziella. La sindrome di Stendhal. Ponte alle Grazie, 1995.
2. Palacios-Sánchez, Leonardo, et al. "Stendhal syndrome: a clinical and historical overview." Arquivos de neuro-psiquiatria 76 (2018): 120-123.



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